Por: Axel Eduardo López Plascencia
Este 31 de octubre, como es costumbre, la Iglesia hace un comunicado para no festejar la fiesta anglosajona del Halloween, con el argumento de que es una celebración pagana relacionada con el ocultismo y satanismo. Cada año escuchamos a los mayores diciendo que el Halloween es el día de brujas, que es el cumpleaños del diablo y que es la noche en la que todos los malos espíritus salen del más allá para atormentar a las personas, mientras los más pequeños lo ven como una noche de diversión en donde predominan los disfraces y los dulces.
Sin embargo, año tras año después de satanizar una fiesta (de la cual desconocemos su historia y origen) celebramos el Día de Muertos, el cual, a pesar de ser igual de misterioso y desconocido para la mayoría de los mexicanos, ha ganado popularidad entre propios y extraños por sus recientes apariciones en el cine y la televisión, en películas como lo son: El libro de la vida, 007: Spectre o la aclamada por todos de Disney-Pixar Coco, a tal grado que en estos últimos años la cantidad de extranjeros que vienen desde países lejanos a vivir la experiencia del Día de Muertos ha incrementado considerablemente, sobre todo en localidades donde esta fiesta es trascendental, como el caso de Janitzio Michoacán.
¿Acaso es justo que satanicemos a una fiesta mientras idolatramos a la otra siendo las dos tan similares? Para poder explicar esto y desmentir algunos mitos que envuelven al Halloween y que nos han hecho creer generación tras generación, debemos primero explicar su origen, para así entender que no todo es demonios y oscuridad, si no que, al igual que el Día de Muertos, comparten un significado muy profundo y espiritual, aunque los años la orientaran al mercantilismo y comercialización que tiene en la actualidad.
La palabra Halloween proviene de la contracción de all hollows eve que se puede traducir como la ‘víspera de todos los santos’, en donde los cristianos hacían misa y llevaban flores a su seres queridos que habían dejado este plano. Sin embargo y como suele suceder con las mayoría de las fiestas cristianas, la vigilia de todos los santos no es más que la cristianización de una festividad pagana mucho más antigua, con el propósito de que el pueblo, hasta entonces reacio a dejar sus costumbres, se integrara a la nueva religión cristiana. Esta fiesta no era otra que el Samhain, la cual era la fiesta más importante de los pueblos celtas, fungiendo como el año nuevo en donde se decía que la mitad de “luz” del año se acababa, dando paso a la mitad de “oscuridad”. Del mismo modo significa el fin del ciclo de las cosechas y se agradecía a los dioses por lo conseguido.
El Samhain se dividía en tres noches que emprendían del fin del verano al principio del otoño (generalmente del 31 de octubre al 2 de noviembre), en las cuales se creía que la barrera entre el mundo de los vivos y de los muertos desaparecía, permitiendo así, que las almas de nuestros antepasados y familiares fallecidos transitaran a nuestro mundo para convivir con nosotros. Sin embargo, también podían pasar aquellos espíritus malignos que no tienen otro propósito que lastimar. En el último día se organizaba un gran banquete para festejar los dos aspectos de la celebración, en donde se dejaban asientos vacíos y ventanas abiertas para que pasaran las almas de seres queridos a merendar y convivir con los vivos. Se encendían hogueras y se colocaban linternas dentro de nabos (próximamente calabazas) para guiar a las almas a su hogar y alejar a los malos espíritus. El druida de la tribu, se vestía con pieles y se pintaba el rostro para comunicarse con el más allá y también había gente encargada de recolectar ofrendas para evitar la mala suerte, lo que pudo dar origen al “trick or treat” del Halloween o “la calaverita” del Día de Muertos.
Como podemos observar, el origen de ambas fiestas parece tener bastantes similitudes, tanto en celebración como en costumbres. Esto es porque al llegar los españoles a América en 1492 d. C., se cristianizó las costumbres de los nativos, entre ellas sus festejos y cultos a los muertos, remplazándolos con la ya mencionada víspera de todos los santos, cambiando las costumbres de origen celta para adaptarlas a la cultura mexicana. Se reemplazaron los banquetes y ofrendas por altares, las hogueras y nabos por velas y flores de cempoalxóchitl y al druida se le cambio por disfraces y trajes de catrina. Pero la fecha y ese origen místico y misterioso sigue y seguirá ahí. Aquella xenofobia a la lejana cultura existirá siempre, pues la gente, caída en la ignorancia, le da una interpretación errónea a una hermosa tradición.
























