México se disfraza de diferentes colores, sabores y olores, toda su gente es pintoresca, como los distintos matices del maíz, porque eso es lo que somos, hijos del maíz. Nuestro país es tan peculiar en sus creencias y estructuras religiosas que su pueblo persigue la vida eterna y venera a la muerte: es así como México se transformó en el perfecto sincretismo entre el prehispanismo y cristiandad.
Uno de los vestigios prehispánicos de esta metamorfosis es el Día de muertos, una tradición mexicana de prestigio internacional que aún hoy en día produce asombro en diversas culturas y países. Esta reacción es predecible al imaginar que se venera y celebra la muerte, pero resulta que esta no es la premisa de la fiesta. Noviembre es el mes ideal para entender y conocer un poco de la filosofía mexica que precede a nuestros días.
¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte?
Esta pregunta sin una respuesta clara, concisa o comprobable nos ha acompañado por largos periodos de tiempo, las religiones y culturas han creado sus propias respuestas de acuerdo a su cosmovisión (su visión del universo y los elementos que lo componen). Las civilizaciones mesoamericanas construyeron su estructura social relacionada con la naturaleza, fueron capaces de elaborar complejos sistemas métricos y lingüísticos para dar base a su organización, crearon su mitología escuchando y “leyendo” su entorno, moldeando así un estilo de vida que satisficiera sus necesidades básicas, emocionales y filosóficas.

Así como recibían el aire del este, oeste, norte y sur, sus cuatro dioses principales, Xipe Tótec (el rojo), Yaótl (el negro), Quetzalcóatl (el blanco) y Huitzilopochtli (el azul), crearon el universo con tres estructuras: celeste (13 eslabones que se conocen como los diferentes cielos), tierra (el firmamento, donde habitan los humanos) y el inframundo (compuesto de 9 eslabones). Las creaciones de dichos dioses fueron organizadas de forma exacta y equilibrada en cada uno de sus eslabones, y toda la vida desarrollada en el Cipactli (tierra) respondería a ese orden cíclico eterno.
La filosofía sobre la vida y la muerte se vinculaba directamente con el mencionado círculo continuo de destrucción y creación, el miedo a la muerte era ajeno al sentir de la población. Vida y Muerte solo eran estados más de la existencia, formas diferentes de la conciencia. Ascender con honor y conforme al plan de los dioses era una bendición: morir en batalla, en parto, en agua o en la vejez eran todos mensajes de los creadores. Estas similitudes metafóricas nos recuerdan la creencia cristiana sobre la vida, pero a pesar de no figurar el día del Juicio Final, los hombres se enfrentaban a sus decisiones y comportamientos después de la vida terrenal (porque así es, existe una vida después de la muerte).
El ciclo interminable
Así como cada dios cuenta con su contraparte femenina y masculina, los dioses creadores se equilibran entre sí para mantener el orden y el caos. Los estados de la materia, representan una eterna incorporación en el proceso natural, respondiendo a las imágenes cíclicas muy representativas de las culturas mesoamericanas. Este mismo equilibrio se mantiene en la continuidad post mortem de los humanos, respondiendo a las siguientes:
Omeyocan: El treceavo eslabón, donde habitaba el Sol, hogar de los guerreros muertos en batalla y sacrificios. Morir en nombre del dios de la guerra Huitzilopochtli era el mayor de los honores, todas estas almas permanecían en este lugar de luz y paz para descansar. En este sitio también renacían las mujeres que perecían en el parto, reencarnando en aves inmortales capaces de descender a la tierra.
Tlalocan: Lo más parecido al paraíso terrenal. Plagado de mazorcas, chiles verdes, jitomates, frijoles, calabazas, flores y la felicidad. La casa del dios Tláloc, albergaba aquellos que morían por alguna razón relacionada al agua.
Chichihuacuauhco: Lugar donde los menores de un año de vida esperaban la reencarnación. Se caracteriza por sus árboles nodrizas con senos que los alimentan. Una vez que la raza que la habita se destruya, todos ellos podrán regresar a la tierra.
Mictlán: El hogar de los dioses de la muerte, Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl. Aquellos que morían por causas naturales o accidentes debían atravesar las nueve pruebas (casas o dimensiones) para encontrar el descanso en Chicunamictlan y reincorporarse a la naturaleza. Se creía que aquellos que no habían sido elegidos de forma especial por los dioses residían aquí después de su vida terrenal, debían probar su valía al atravesar las nueve pruebas y pasar por la segunda muerte. Las almas incapaces de cumplir las pruebas serían destruidas al finalizar los cuatro años de muerte.
El cuerpo humano se compone de tres elementos importantes: tonalli (alma), teyollia (la conciencia) y el ihiyotl (la esencia).

Las nueve pruebas
La vida después de la muerte representaba una odisea temeraria. Las almas debían atravesar nueve pruebas insufribles para reincorporarse y descansar finalmente.
- Apanohuaia o “lugar de los perros”: símbolo de las pasiones humanas. Este río caudaloso, oscuro y de agua negra solo podía atravesarse con la ayuda de un xoloitzcuintle.
- Tepectli Monamictlán: lugar donde dos colinas chocan entre sí. Para atravesar el difunto deberá desprenderse de todas sus ropas y esperar el momento adecuado para cruzar.
- Iztepetl: el alma debe atravesar ocho cerros de obsidiana azotados eternamente por nieve.
- Itzehecayan: lugar en el que sopla el viento de navajas, si el alma es demasiado lenta, quedará congelada eternamente.
- Paniecatacoyan: al último collado de Itzehecayan toda gravedad desaparecida, dejando a merced de los vientos a las almas descuidadas.
- Timiminaloayan: el lugar donde flechan. Manos invisibles acribillaban con puntiagudas saetas a los difuntos dificultando su travesía.
- Teocoyohuehualoyan: aquí los difuntos se despojaban de su posesión más valiosa: el corazón. Fieras en forma de jaguares abrían los pechos de los difuntos y devoraban su corazón en sacrificio a los dioses.
- IIzmictlan Apochcalol: este paso estrecho y cubierto por piedras, cegará el camino y despojará al difunto de las ataduras terrenales.
- Chicunamictlán: las nueve aguas de Chiconauhhpan son el último obstáculo para recibir la bendición de Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl.
“La muerte en el mundo prehispánico era una realidad con la que se convivía; en su pensamiento no existía ruptura entre los extremos vida-muerte. Las sociedades de entonces integraron la muerte en su ciclo cosmogónico como una circunstancia más del devenir: al morir se renace; esta era la idea básica y de ella se desprendió la concepción de permanencia y dualidad.” María Elena Salas Cuesta, Jorge Arturo Talavera González.

El día de muertos en la actualidad
El día de muertos no era solo “un día de fiestas y ritos”. La celebración a la vida (y sus diferentes representaciones) era tan importante y espectacular porque reflejaba el ciclo interminable y su composición metafísica, englobaba en sí misma el agradecimiento a los dioses y la aceptación del destino de los hombres, siempre a merced de los creadores. Estas celebraciones iniciaban en agosto recordando a los menores de un año y concluían con las ofrendas para aquellos que atravesaban su Odisea en el Mictlán.
Esta tradición sobrevivió a la evangelización y mantuvo vivas las raíces de nuestros antepasados mesoamericanos, quienes se negaron a olvidar a sus difuntos, sus héroes, familiares y dioses.
Por Laura W.

Bibliografía:
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